viernes, 20 de diciembre de 2013

Matar a un ruiseñor

No leo novelas, pero me obligué con esta por la fascinación que me produce la película. Aunque la novela sale en varias listas como una de las mejores del S.XX, para mí la película se la come. Deberían ponerla en todos los colegios.


Es la tercera de las 10 películas que me llevaría a una isla desierta.

Delicatessen absoluta. Obra maestra indiscutida con una exposición impecable de importantes temas para la reflexión.

Uno de ellos: como en El Dilema, es el conflicto de valores. Se pone al protagonista en situación de tener que renunciar a sus principios cuando dos valores entran en conflicto. Qué forma más elegante de romper a un ciudadano ejemplar, honesto abogado, abnegado padre de familia... y termina corrompiéndose. No por dinero, por las circunstancias y sus hijos. Todos somos corrompibles, solo hace falta que se den las circunstancias. Aunque para algunos basta con que salga el sol por la mañana…

Es una visión muy particular mía, y es solo uno de los temas de la película. También su tratamiento sobre la figura del padre, el racismo, la marginación, la justicia… son finísimos.

La preciosa música de Bernstein le da color a una grabación que se decidió que fuera en blanco y negro. Acierto total para hacerla más imaginaria y literaria.

Gregory Peck es un actor que no me cae especialmente simpático, pero aquí es perfecto. Por eso le dieron el Oscar y se quedo con la imagen de Atticus para siempre.

Son muchas escenas sublimes: el intento del linchamiento, el perro rabioso, la salida de Atticus del juicio, los niños jugando por la calle, el árbol de los tesoros, la vuelta de la fiesta del cole… pero a mí me siguen emocionando como pocas el momento en el que  aparece el “monstruo” y el último minuto de la película con Atticus en la mecedora y la voz en off de la niña.






Imprescindible.

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