martes, 6 de septiembre de 2011

Me libré del palo por un pelo

Esta mañana tuve que acercarme al banco a sacar una anormal cantidad de efectivo.

Cola en el banco, gente entrando y saliendo, termino y salgo camino del coche aparcado en frente del banco. Veo una sudamericana, de unos 50 años. Indudablemente no de las de cuidar niños, ni con pinta de habitual del barrio. De hecho me fijé en ella porque su pinta no pegaba con la zona (comercial medio peatonal), ni con la hora (13:00pm). Vamos, con pinta de prosti , (sin querer con esta descripción ofender a la muy hija de puta).

En cualquier caso tenía que fijarme en ella porque estaba merodeando mi coche. Entro, abro las ventanas, cinturón, arranco, y la tía que está justo donde tengo que maniobrar para ponerme en marcha. Parecía como despistada, o como hablando con alguien al otro lado. La miro, espero, voy a pegarle una voz cuando finalmente reacciona y mirándome se dirige a mi ventana, llamándome la atención:

- “Para Madrid, ¿sabes por dónde se va?”

Me quedo pensando… a qué se refiere? no estamos en Madrid? querrá que la lleve? Supongo que se referirá a por donde se sale a la carretera principal, pero la tía va andando y la pregunta no tiene sentido.

- “¿En coche?” Le pregunto.
- “Sí.”
- “La primera a la izquierda y después la segunda a la izquierda”, y me pongo en marcha pensando que a partir de ahí ya preguntará como salir del avispero hasta la principal.


Ni 50 metros, y ahora me está dando voces un tío de unos 30 años, hortera, camisa sin mangas,  corpulento, como yo de alto y con el doble de brazo,. también sudamericano tipo ecuatoriano boliviano,

- “Oye, que tienes la rueda pinchada!”
- “No digas. Mierda. Gracias!”

No puedo ni pensar que voy a hacer y hasta donde llegar, porque ya está el tío ofreciéndome dónde meter el coche. Paso de sus indicaciones, mitad pensando en ver si noto la rueda pinchada, y mitad pensando que quizás llego a casa, que está cerca. Y, probablemente, otra mitad inconscientemente mosqueado.

Avanzo unos 100 metros, y veo un sitio donde pararme a ver la rueda. Salgo, y ahí tengo otra vez al samaritano, al otro lado del coche, reafirmándose en que la rueda está pinchada. Me acerco a la rueda del otro lado, mirando alrededor, él también está mirando…

- “Es un tornillo. Tiene un tornillo, ahí, ahí.”

A mí me da igual si es un tornillo o un peluche, y ya estoy viendo el pinchazo que tiene la rueda. Centímetro y medio de raja lateral, el que dejaría un buen punzón o destornillador afilado.

Pero para el tío lo del tornillo es importante.

- “Ahí, ahí, lo tienes debajo, desde aquí se ve”. Y me ofrece la mejor posición para verlo, que pasa por ser la que me obliga a darle la espalda, agacharme para ver debajo del coche, inclinando la nuca.

Blanco y en botella. Macarra ocioso extrañamente interesado en mí y en mis problemas, dinero interesante encima, tranquila zona residencial, y como ya no soy el gilipollas de hace 20 años al que le partían la cara por cualquier bobada: al coche y en marcha.

El tío de se queda mirándome y todavía me siguió dos manzanas andando tras el coche.

No reaccioné llamando a la policía, o tomando una foto, o… porque tarde todavía un buen rato en admitir lo que estaba pasando. Son cosas tan infrecuentes que, como no han llegado a ser parte de la realidad, te resistes a descartar que sean simplemente imaginaciones. Tuvo que ser minutos después, contándoselo a Enrique y recorriendo toda la moviola desde el principio, que me entró como un rayo la constatación de que debería estar en La Zarzuela poniéndome unos puntos, y no yendo a comer con unos amigos.

He pasado de estar medio en shock por lo que estos cabrones iban a hacerme, a estar aliviado, hasta contento, porque lo que no me ha pasado. Además, el cabreo ha sido por tomármelo personalmente, pero obviamente esta gente no me tenía especial manía. De hecho, quizás le caí simpático al mamporrero y forzó la situación menos que en otras ocasiones.

Avisé al banco para que estén al tanto, y las caras las tengo frescas, si les vuelvo a ver.

Me lo tomo como una consecuencia de los tiempos en los que estamos entrando, y que no sé cuando saldremos. Y fundamentalmente, como un aviso.

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